• Día 27 I Domingo de Adviento

    Día 27 I Domingo de Adviento

    Evangelio: Mc 13, 33-37 »Pero nadie sabe de ese día y de esa hora: ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre. Estad atentos, velad: porque no sabéis cuándo será el momento. Es como un hombre que al marcharse de su tierra, y al dejar su casa y dar atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, ordenó también al portero que velase. Por eso: velad, porque no sabéis a qué hora volverá el señor de la casa, si por la tarde, o a la medianoche, o al canto del gallo, o de madrugada; no sea que, viniendo de repente, os encuentre dormidos. Lo que a vosotros os digo, a todos lo digo: ¡velad!

    Vigilar para Dios

    Comenzamos, una vez más, el Adviento. Tiempo de preparación a la gran solemnidad de la Navidad. Nos ofrece, pues, la Iglesia una nueva ocasión de disponernos del mejor modo a la venida de Dios. El Omnipotente, desea que participemos de sus maravillas y se pone a nuestra altura. A la altura de la humanidad, encarnándose en Santa María, Virgen, y a la altura de cada uno: todos tenemos la posibilidad, la oportunidad, de conocerle, de tratarle, de amarle. El Adviento, por tanto, es tiempo para una mayor conciencia sobrenatural, para unos mayores deseos de vida hacia Dios, de mejores disposiciones que hagan efectivos –auténtica realidad– esos deseos.

    Ya estamos bien persuadidos de que la gran bondad y excelencia divina merecen de nuestra parte una permanente correspondencia de amor. Sin duda, tenemos la intención cada día –tal vez de modo expreso a partir de un ofrecimiento de obras con el que comenzamos nuestras jornadas– de conducirnos en todo momento como más agrade a Dios. No despreciamos, en todo caso, el consejo –la advertencia, podríamos decir incluso– de Jesús: velad: porque no sabéis cuándo será el momento.

    Y posiblemente nos conmueve notar que Jesucristo, a pesar de su inefable divinidad y señorío, acude a razonamientos humanos convincentes para cualquiera. Dios se pone a la altura del hombre corriente, del hombre de la calle no menos que del profundo intelectual encerrado en sus estudios. Se apoya en la experiencia universal cotidiana y concluye como cualquiera con sentido común. La Salvación, ese destino supremo que ansiamos aún sin saberlo y Dios nos tiene preparado en su inmensa bondad, no es empresa laboriosa reservada a gentes con cualidades extraordinarias. El cielo puede ser para cada uno. Lo que a vosotros os digo, a todos lo digo: velad. No en vano estamos persuadidos de que es nuestro Dios la misma justicia, por encima de tantos intereses desleales de este mundo.

    Tanto da si alguien tiene mucho o poco, si es muy famoso o conocido sólo entre los suyos, si es sano o enfermo, hombre o mujer, joven o viejo. Porque Dios, Creador y Señor del hombre ha distribuido según su voluntad los diversos dones, como el señor de la parábola que dio atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, mientras volvía. A todos hace la misma observación: ¡velad! Es lo que espera de todos: que se ocupen en aquellas atribuciones que les ha concedido. No parece excesivamente importante en qué se deba ocupar en concreto cada siervo, sino más bien en qué esmero puso en la tarea encomendada, cualquiera que ésta fuera. Una actitud de primoroso cuidado en el trabajo, en atención a su señor, es lo que se espera de los empleados.

    A efectos prácticos, ya que deseamos ocuparnos de nuestros quehaceres como Dios manda, vale la pena que adoptemos esa actitud de precavida vigilancia –por si viene de improviso–, sintiendo la efectiva y real inseguridad de que Dios, justo juez, puede llamarnos a la eternidad cuando menos lo esperamos. ¡Claro que queremos hacer todo por amor a Él! Deseamos comportarnos en cada instante con esa perfección y rectitud de intención a la que nos anima la liturgia de la Iglesia: que todos nuestros pensamientos y nuestras acciones tengan en ti, Señor, su comienzo y alcancen por ti su fin. Sin embargo, el simple ajetreo de la vida o nuestra personal miseria nos inducen a decaer de esa exigencia. Por si eso sucede, nos convendrá tratarnos como a niños, en ocasiones irresponsables, que más bien por temor a ser castigados se comportan como deben.

    Siempre estaremos convencidos de que, aunque los sentimientos no compañen –que no deben ser confundidos con el verdadero amor–, las obras de obediencia, aún a contrapelo, son prueba ineludible de fidelidad. Tesón perseverante por cumplir lo mandado, he aquí la garantía de una paz segura fundada en el amor. Y si el cuerpo parece resistirse no será por mucho tempo. Nuestro Dios suele premiar ese esfuerzo de sus hijos que pudo acabar en rebeldía. Y les concede mayor complacencia en la tarea encomendada de la que podrían imaginar. Después, lo que parecía arduo y sin interés se hace atractivo y menos costoso. Pero tal vez quiere el Señor ese primer movimiento de la voluntad del hijo con la Cruz pesada, que acabará cargando Él.

    Al reanudar tu tarea ordinaria, se te escapó como un grito de protesta: ¡siempre la misma cosa!
    Y yo te dije: —sí, siempre la misma cosa. Pero esa tarea vulgar —igual que la que realizan tus compañeros de oficio— ha de ser para ti una continua oración, con las mismas palabras entrañables, pero cada día con música distinta.
    Es misión muy nuestra transformar la prosa de esta vida en endecasílabos, en poesía heroica.

    San Josemaría Escrivá nos recuerda la gran importancia de cualquier tarea hecha por Dios. Nuestra Madre del Cielo nos puede recordar –se lo pedimos– que nada es pequeño aunque lo parezca, ni inútil aunque cueste,
    pues, podremos decir siempre: hágase en mi según tu palabra

    Tomado de: http://www.fluvium.org/textos/pedicacion/051127.htm

  • Sexo y Sexualidad

    Sexo y Sexualidad

    Analice los conceptos sexo y sexualidad.

    Sexo: {sust. masc.} Condición orgánica que distingue al macho de la hembra en los
    seres humanos, en los animales y en las plantas.
    · Conjunto de seres pertenecientes a un mismo sexo. Se utiliza más con
    adjetivos especificadores como masculino, femenino, fuerte, etc.

    Sexualidad: · {sust. fem.} Conjunto de condiciones anatómicas y fisiológicas que
    caracterizan a cada sexo.
    · Apetito sexual, propensión al placer carnal.

    Preguntas:

    1.¿Qué reacción tiene la sociedad ante los conflictos sexuales?

    2.¿Qué dice la Iglesia Católica ante la sexualidad?

    3.Busque recortes de formas como los medios de comunicación que transmiten la sexualidad.

    4.¿Qué nos comunica la música, peliculas sobre el tema del sexo?

    5.¿Cuál es tú opinión sobre el tema, cómo se siente y comprende usted todo lo que escucha?.

    6.Su familia. ¿Que opinan, como reaccionan ante lo que se dice?

    Da tu opinión a: gevensa@hotmail.com

  • Sabaer orar --reflexion--

    Sabaer orar --reflexion--

    ¿Qué se necesita para aprender a orar? Basta dirigirnos a Dios de manera humilde, confiada, sincera y amorosa para ser escuchados. ¡Inténtalo!
    Cuentan que un humilde zapatero tenía la costumbre de hacer siempre sus oraciones en la mañana, al mediodía y en la tarde. Se servía de un libro de plegarias porque no se sentía capaz de dirigirse al Creador con sus pobres palabras.

    Un día, se sintió muy mal porque, estando de viaje, olvidó su libro. Nuestro buen zapatero le dijo entonces a Dios: "Perdóname, Dios mío, porque necesito orar y no sé cómo. Ahora bien, ya que Tú eres un Padre de amor voy a recitar varias veces el alfabeto desde la A hasta la Z, y Tú que eres sabio y bueno podrás juntar las letras y sabrás qué es lo que yo te quiero decir".

    La historia dice que ese día Dios reunió a sus ángeles en el cielo y les dijo conmovido que esa era la más sincera y la más bella de las oraciones que le habían hecho en mucho tiempo. Una oración con las cualidades de la plegaria que hace milagros, cierra heridas, ilumina, fortalece y acerca los corazones, es decir, una plegaria humilde, confiada, sincera y amorosa.

    ¡Cuánta necesidad tenemos de estas oraciones! Todos debemos aprender a orar con el corazón, a alabar, a bendecir, a perdonar, a agradecer. Y, claro, a tener bien presente que la oración se ve en la acción, en los buenos frutos y en un compromiso por la justicia y por la paz. En efecto, actuar sin orar es desgastarse y orar sin actuar es engañarse.

    Para aprender a orar no hace falta aprenderse o inventar complicadas fórmulas. Si comenzamos por meditar el Padre Nuestro y hacer un pequeño propósito, no sólo estaremos haciendo oración, sino que cada día daremos un paso más para vivir como verdaderos hijos de Dios:

    - Di Padre. Si cada día te portas como hijo y tratas a los demás como hermanos.

    - Di Nuestro. Si no te aíslas con tu egoísmo.

    - Di que estás en los cielos. Cuando seas espiritual y no pienses sólo en lo material.

    - Di santificado sea tu nombre. Si amas a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas tus fuerzas.

    - Di venga a nosotros tu reino. Si de verdad Dios es tu rey y trabajas para que Él reine en todas partes.

    - Di hágase tu voluntad. Si la aceptas y no quieres que sólo se haga la tuya.

    - Di danos hoy nuestro pan. Si sabes compartir con los pobres y con los que sufren.

    - Di perdona nuestras ofensas. Si quieres cambiar y perdonar de corazón.

    - Di no nos dejes caer en la tentación. Si de verdad estás decidido a alejarte del mal.

    - Di líbranos del mal. Si tu compromiso es por el bien.

    Tomada de: www.encuentra.com

  • Vivir las fiestas y los domingos con Dios

    Vivir las fiestas y los domingos con Dios

    En su última visita a España, el Prelado animó a redescubrir “la alegría de asistir a la Misa dominicalâ€. Incluimos en esta sección unas palabras de Mons. Echevarría sobre el modo cristiano de vivir las fiestas (texto extraído de "Eucaristía y vida cristiana")

    23 de noviembre de 2005

    Pasar el domingo con Dios significa ofrecerle también el tiempo del descanso. Otra paradoja: que nuestra pobre generosidad le brinde consuelo.

    Muchas personas tienen tanto quehacer —así piensan, al menos— que no encuentran tiempo para asistir a la Misa dominical. En nuestra época, éste parece el principal obstáculo para pasar con Dios los domingos y las fiestas de la Iglesia.

    Descansar supone cambiar de ocupación, de ambiente, de circunstancias relacionales, de esfuerzo. En nuestro caso, significa también cambiar lo poco nuestro con lo mucho de Dios: confiarle nuestras miserias y nuestras pequeñeces, para recibir sus dones —el Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Espíritu Santo— causa infinita de alegría y de paz. Ofrecerle nuestro tiempo para recibir su eternidad, que un día nos alcanzará.

    Ha escrito Juan Pablo II: «Éste es un día que constituye el centro mismo de la vida cristiana. Si desde el principio de mi Pontificado no me ha cansado de repetir: "¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!", en esta misma línea quisiera hoy invitar a todos con fuerza a descubrir de nuevo el domingo: ¡No tengáis miedo de dar vuestro tiempo a Cristo! Sí, abramos nuestro tiempo a Cristo para que él lo pueda iluminar y dirigir. Él es quien conoce el secreto del tiempo y el secreto de la eternidad, y nos entrega "su día" como un don siempre nuevo de su amor. El descubrimiento de este día es una gracia que se ha de pedir, no sólo para vivir en plenitud las exigencias propias de la fe, sino también para dar una respuesta concreta a los anhelos íntimos y auténticos de cada ser humano.

    El tiempo ofrecido a Cristo nunca es un tiempo perdido, sino más bien ganado para la humanización profunda de nuestras relaciones y de nuestra vida».

    Sí, salimos siempre ganando cuando damos al Señor los yugos nuestros y aceptamos el que de Él nos viene. ¡Ojalá cada cristiano fuera consciente de que no puede vivir sin el domingo! Esta expresión, recordaba Benedicto XVI, «nos remite al año 304, cuando el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, bajo pena de muerte, poseer las Escrituras, reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía y construir lugares para sus asambleas. En Abitina, pequeña localidad de la actual Túnez, 49 cristianos fueron sorprendidos un domingo mientras, reunidos en la casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía desafiando así las prohibiciones imperiales.

    Tras ser arrestados fueron llevados a Cartago para ser interrogados por el procónsul Anulino. Fue significativa, entre otras, la respuesta que un cierto Emérito dio al procónsul que le preguntaba por qué habían transgredido la severa orden del emperador. Respondió: "Sine dominico non possumus"; es decir, sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir. Después de atroces torturas, estos 49 mártires de Abitina fueron asesinados. Así, con la efusión de la sangre, confirmaron su fe. Murieron, pero vencieron; ahora los recordamos en la gloria de Cristo resucitado.

    »Sobre la experiencia de los mártires de Abitina debemos reflexionar también nosotros, cristianos del siglo XXI. Ni siquiera para nosotros es fácil vivir como cristianos, aunque no existan esas prohibiciones del emperador. Pero, desde un punto de vista espiritual, el mundo en el que vivimos, marcado a menudo por el consumismo desenfrenado, por la indiferencia religiosa y por un secularismo cerrado a la trascendencia, puede parecer un desierto no menos inhóspito que aquel "inmenso y terrible" (Dt 8, 15) del que nos ha hablado la primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio. En ese desierto, Dios acudió con el don del maná en ayuda del pueblo hebreo en dificultad, para hacerle comprender que "no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor" (Dt 8, 3). En el evangelio de hoy, Jesús nos ha explicado para qué pan Dios quería preparar al pueblo de la nueva alianza mediante el don del maná. Aludiendo a la Eucaristía, ha dicho: "Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre" (Jn 6, 58). El Hijo de Dios, habiéndose hecho carne, podía convertirse en pan, y así ser alimento para su pueblo, para nosotros, que estamos en camino en este mundo hacia la tierra prometida del cielo.

    »Necesitamos este pan para afrontar la fatiga y el cansancio del viaje. El domingo, día del Señor, es la ocasión propicia para sacar fuerzas de él, que es el Señor de la vida. Por tanto, el precepto festivo no es un deber impuesto desde afuera, un peso sobre nuestros hombros. Al contrario, participar en la celebración dominical, alimentarse del Pan eucarístico y experimentar la comunión de los hermanos y las hermanas en Cristo, es una necesidad para el cristiano; es una alegría; así el cristiano puede encontrar la energía necesaria para el camino que debemos recorrer cada semana. Por lo demás, no es un camino arbitrario: el camino que Dios nos indica con su palabra va en la dirección inscrita en la esencia misma del hombre. La palabra de Dios y la razón van juntas. Seguir la palabra de Dios, estar con Cristo, significa para el hombre realizarse a sí mismo; perderlo equivale a perderse a sí mismo.

    »El Señor no nos deja solos en este camino. Está con nosotros; más aún, desea compartir nuestra suerte hasta identificarse con nosotros. En el coloquio que acaba de referirnos el evangelio, dice: "El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él" (Jn 6, 56). ¿Cómo no alegrarse por esa promesa?».

    Pasar cristianamente el domingo, con Cristo Señor nuestro, asegura al descanso su dimensión festiva: no se queda en simple reposo de una fatiga física, sino que asume el valor de conmemoración de acontecimientos que se sitúan en la propia vida como origen de la felicidad actual. La creación, la alianza, la liberación de la esclavitud, la ley, la resurrección gloriosa, Pentecostés... ¡Qué larga y amable resulta la serie de maravillas divinas, de las que reavivamos la memoria en el "Día del Señor"! Resuena entonces en el corazón del cristiano su amorosa petición en aquella noche última: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19. Nosotros realizamos un nuevo trueque y le decimos: "No te olvides de mí, Señor, cuando venga mi hora, la hora de mi dolor y de mi tribulación; mi hora de pasar de este mundo a la eternidad, cuando venga el último día, Día tremendo (cfr. Is 13, 6.9; Mal 4, 1; Jl 2, 2; So 1, 15). Acuérdate de mí, Señor, que tantas veces te he recibido en la Sagrada Comunión, que te he acompañado junto al Sagrario, y admíteme en tu reino «para que coma y beba a tu mesa» (Lc 22, 29)".

    Cristo, glorioso en el Santísimo Sacramento, escuchará nuestras plegarias, irá llenando de paz y de alegría nuestros corazones, también en vistas de aquel trance, como llenó de gozo y de serenidad a los Apóstoles el día de su resurrección: «¡La paz con vosotros!» (Jn 20, 19. 21).

    Documento tomado de: www.opusdei.es/art.php?w=16&a=544

  • Aprender a orar con Cristo

    Aprender a orar con Cristo

    En el libro ‘Getsemaní’, el prelado del Opus Dei invita a mirar a Cristo para aprender de Él a tratar al Padre. Reproducimos un extracto del libro publicado por la editorial Planeta.

    23 de febrero de 2005

    Entonces marchó Jesús con ellos a un huerto llamado Getsemaní. Vino con ellos, dice el texto. Deseaba el Maestro proceder de esa manera porque había venido a la tierra para acompañar a los hombres, y para que los hombres le acompañásemos. Era su costumbre, así nos lo señala San Lucas. ¡Qué gozo debemos experimentar ante su afán de ir a nuestra vera a lo largo de la vida!
    Contemplemos sin cansancio, sin rutina, este querer estar y caminar del Maestro con nosotros. Propone que no nos separemos de Él, suceda lo que suceda, también cuando aparentemente le marginen sus hermanos. Si sucediera, se deberá agudizar entonces la fidelidad de los discípulos, sin respetos humanos, con un limpio y caritativo complejo de superioridad, porque vivimos con el Omnipotente y nos sabemos amigos del auténtico Amigo.

    Los llevó con Él, para que participaran en su oración, a diferencia de otras escenas del Evangelio, cuando se retiraba a orar Él solo; aunque esa soledad no impedía que los Apóstoles —rudos y superficiales, como nosotros— advirtieran los beneficios de esos tiempos de recogimiento externo del Señor, que llegaban a todo el pueblo.
    Fueron testigos, en tantas ocasiones, de que Jesús, antes de los grandes milagros —que constituían otro modo de rezar y de obrar el bien— daba gracias al Padre, que siempre le escucha (cfr. Jn 11, 42). Por lo tanto, no cabía en Jesús un comportamiento diferente ante el prodigio más elevado que estaba realizando: la salvación de la humanidad. También en esta hora rezó, y deseó ardientemente que los discípulos se percataran de que, de ordinario, Dios no actúa si la criatura no vive en diálogo con Él.

    A primera vista sorprende que los Once, instados por Jesús para que le acompañasen, no advirtieran la grandeza y la importancia de la oración que precedía al gran misterio que se iba a cumplir. Recordarían que la plegaria del Señor, siempre perfecta, había provocado en ellos la estupenda reacción de rogarle que les enseñase a rezar (cfr. Lc 11, 1); aunque en ocasiones los prodigios les habían puesto de manifiesto su personal pequeñez con tanta fuerza, que le pidieron que se alejase de ellos, pobres pescadores (cfr. Lc 5, 8).

    Resulta llamativo que, ante la nueva invitación del Señor, y más aún después de lo que presenciaron y oyeron en la Última Cena, se mostraran tan indiferentes en ese momento crucial. A pesar de esto, no cambió el Maestro su amor infinito hacia ellos. Por desgracia, también ahora los hombres trocamos nuestro afecto con penosa frecuencia: basta una nadería para olvidarnos de Cristo o para centrarnos en el propio yo.

    Durante los tres años de caminar con Él por Tierra Santa, sería constante la invitación del Maestro a los discípulos para que rezaran. Ahora les pidió que se sumasen a su recogimiento, a su preparación para el Sacrificio redentor de la humanidad. Les remachaba así que la vida del cristiano, a todas horas y especialmente en las circunstancias más extraordinarias, debe discurrir por el cauce de una oración con Él y como la de Él.

    Orar con Cristo lleva necesariamente a asumir como propia la Voluntad del Padre, por la acción del Espíritu Santo. De este modo, se comprende mejor la posibilidad de que nuestra vida adquiera ese alcance eterno que encierran los planes divinos. Nos conviene, pues, empeñarnos en orar con Él: nos transmitirá el vigor de la perseverancia, y le dejaremos habitar en la inteligencia y en el corazón, confiriendo a nuestras potencias la hondura del diálogo del Hijo de Dios con su Padre. Orar con Cristo ayudará a superar limitaciones internas y externas, porque se nos concederá la fuerza con que Él perseveró, también en Getsemaní, para alcanzarnos la Vida de Dios en nosotros.

    Orar como Cristo. A los discípulos les habría bastado mirar con atención al Redentor, y unirse a lo que Él expresaba a Dios Padre, lleno del Espíritu Santo. Les habría bastado fijarse en Él, para aprender, para tener su misma seguridad. Así proceden tantas almas santas, que en la oración no dejan de mirar a Cristo, de contemplar su Rostro. Tengamos la certeza de que, si velamos al lado de Jesús —como Él sugirió a aquellos hombres en Getsemaní—, la oración brotará intensa y eficazmente, aunque debamos pelear con nuestra debilidad, que nos empuja a la distracción, a una correspondencia a medias. Pero se requiere que pongamos la mirada en el Salvador. «Contemplando este rostro —ha escrito Juan Pablo II— nos disponemos a acoger el misterio de la vida trinitaria, para experimentar de nuevo el amor del Padre y gozar de la alegría del Espíritu Santo».

    Tomado de: http://www.opusdei.es/art.php?w=16&p=9509

  • La vida cristiana

    La vida cristiana

    La vida cristiana no consiste solamente en cumplir unos cuantos preceptos, es acercarse a la vida de la gracia para parecerse cada vez más a Cristo Jesús.
    Por Pbro. Dr. Enrique Cases

    El modo que tiene cada hombre de unirse con Dios es parecerse al Hijo de Dios: Jesús. Esto se realiza por la gracia que nos mereció en la Cruz.

    El Sermón del Monte acaba con recomendaciones positivas que se pueden resumir en una cosa: Vivir en presencia de Dios, vivir cara a Dios.

    De vivir cara a Dios surgirá el dar limosna, hacer oración, ayuno, usar bien el dinero, no perder la serenidad.

    El que vive esta nueva vida juzga a los demás con rectitud, acude a Dios en sus necesidades...

    En resumen, dice el Señor: -Tratad a los demás como queréis que os traten; en esto consiste la Ley y los profetas. (Mt. 7, 12).

    El que así obra alcanzará la vida eterna aunque el camino sea estrecho. Dará frutos buenos y abundantes, construirá sobre roca y no sobre arena, de modo que las dificultades no le destruyan.

    San Mateo nos dice que «al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza porque lo enseñaba con autoridad y no como los escribas» (Mt. 7, 28-29).

    Esta reacción es lógica, pues indica el modo divino, concreto y práctico de alcanzar la felicidad en esta tierra y en el cielo.

    EL RESUMEN DE LA VIDA CRISTIANA LO HIZO EL PROPIO JESUS CUANDO RESUMIO LOS MANDAMIENTOS EN: AMAR A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS Y AL PROJIMO COMO A UNO MISMO.

    LA IDENTIFICACION CON CRISTO

    La vida moral cristiana no se reduce al cumplimiento de una serie de sabios preceptos. Aunque esto es necesario, la vida cristiana es mucho más. San Pablo lo explica frecuentemente diciendo que es «vivir en Cristo». Esta vida es semejante a la unión de un sarmiento a la vid como indica el mismo Jesús, o como la de un miembro que forma parte de un cuerpo vivo.

    Estos ejemplos ilustran que en el alma del cristiano hay una nueva vida. Dios está presente en el alma de un modo nuevo. El medio para estar Dios en el alma es la gracia, que es un don de Dios por el que está presente en el alma y la vivifica. Como dice San Pedro, el hombre, con la gracia, se hace «participante de la naturaleza divina».

    Así, podemos comprender mejor los testimonios de Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida». (Jn. 14, 6). En Jesús la humanidad y la divinidad están unidas tan íntimamente, que es una sola Persona. La humanidad del Señor ha sido asumida por la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo, el Verbo de Dios. Es imposible una unión mayor entre lo humano y Dios.

    El modo que tiene cada hombre de unirse con Dios es parecerse al Hijo de Dios: Jesús. Esto se realiza por la gracia que nos mereció en la Cruz. Por la gracia se borra el pecado, se sanan las heridas y debilidades humanas y además el hombre se va pareciendo cada vez más a Cristo. Si el hombre es muy fiel a Dios llegará a identificarse cada vez más con Cristo. Esto es obra de la gracia, pues como dijo Jesús: «El que permanece en Mí y Yo en él, ése da mucho fruto, porque sin Mí, no podéis hacer nada»(Jn. 15, 5).

    «Vivo yo, pero no yo: es Cristo quien vive en mí.»
    «Corred, pues, de modo que lo alcancéis.»

    También es necesaria la correspondencia libre del hombre, que puede resistirse o cooperar con la gracia.

    El Concilio Vaticano II expresa admirablemente estas ideas.

    «El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado... El que es imagen de Dios invisible es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina deformada por el primer pecado. En Él, la naturaleza humana, asumida, pero no absorbida, ha sido elevada en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. (GS, 22).

    Tomada de:http://www.encuentra.com/includes/documento.php?IdDoc=3896&IdSec=63

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